domingo, 6 de agosto de 2017

Las circunstancias hacen las amistades.

      Cuando estás solo fuera, te relacionas con gente con la que, a priori no parece que tengas demasiado en común. O no tanto como con tus amigos de siempre, al menos. Lo que ocurre es que, a medida que el tiempo va pasando, las circunstancias de cada quien van cambiando. Y cambian tanto que ya es difícil ponerse en la piel del otro y empatizar como lo hacías antes. Uno ya no se siente identificado y ves que, poco a poco, tienes más en común con tus nuevos amigos que con los de antes.

      Esta última vez que fui a España quedé con mi mejor amiga. Podían pasar meses y meses y volver a vernos y hablar como si nos hubiésemos visto el día anterior. Pues esta vez no fue así. Y me di cuenta de que nunca iba a volver a serlo. ¿Por qué? Porque nuestras vidas son totalmente distintas y cada vez lo serán más, por lo que ya no nos vemos reflejadas una en las ilusiones y miedos de la otra, con lo que las conversaciones son superficiales y cuando intentas profundizar un poco más te encuentras con una cara de poker.

    Ella, casada con su primer y único novio, con el que está desde los diecinueve o veinte años, con una hija, vivivendo de nuevo en casa de los padres para que le cuiden de la niña mientras ella trabaja y currando de funcionaria y con su vida mapeada delante de ella de aquí hasta que se jubile. ¿De qué vamos a hablar? ¿De los cursos entre los que estoy dudando y en función de cuál haga mi carrera va a ir por un lado o por otro? Su vida laboral es una línea recta y despejada hasta que se jubile. No entiende que me ilusione hacer planes a nivel laboral, ya que para ella, un buen trabajo sólo es un trabajo de funcionaria, aunque en este momento estemos ganando lo mismo. ¿Del cambio de contrato que he pedido y que me supondría más horas garantizadas pero menos overtime, que me lo pagan a más? Su sueldo es siempre el mismo. ¿De mis amistades de aquí, cuya vida no podría parecerse menos a la suya? ¿De mi ligue temporal con el que no hay ni busco nada serio? ¿A ella, que lleva con el marido desde los veinte y ve las rupturas como algo que sólo le ocurre a otra gente? Pues algunas cosas se las he contado, pero tras varias poker face, he visto que realmente no tenía un interlocutor y me he callado. Al final hasta se me estaba haciendo larga la visita. 

    Y yo tampoco es que esté libre de pecado, eh? Que después de dos horas de lo que le comía o no le comía la niña, de a qué edad le habían salido tantos dientes y de cuándo había empezado a gatear también desconecté y puse el piloto automático. Simplemente ya no nos vemos reflejadas la una en la otra. 

    Con otro grupo de amigas del instituto pasa algo parecido. No hay unas diferencias tan marcadas, pero digamos que a esta edad se termina la que ahora han dado en llamar "adultescencia" y empieza la vida verdaderamente adulta. Cada una centrada en su trabajo y en su vida de pareja las que la tienen y dejan de lado el socializar. Todas las del grupo han vuelto a Galicia, después de años trabajando en otros sitios.Pero, a pesar de estar todas cerca, casi nunca se ven. De hecho no se veían desde la última vez que yo había ido a casa. Me da la impresión de que a medida que la gente se hace mayor cada vez está más sola.

    ¿Qué opináis? ¿Cuáles son vuestras experiencias?

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