domingo, 23 de noviembre de 2014

Buahhh neeeeno, mira mi buuuuga*.

          Cuando yo era chavalilla (allá por el Pleistoceno Superior, que se imaginan quienes lo son ahora) era muy común que niños de dieciocho a veinte años estrenasen coches potentes y caros. Tampoco es que fuesen con un Jaguar o Ferrari, no me entendáis mal. Sino coches medios, pero los más altos de gama de esos modelos, los de mayor motor, a los que añadían todos los posibles extras. Por aquel entonces triunfaba sobre todo el Focus y, entre aquellos cuyos abuelos tenían más pasta, el Golfito. 

    Los niños, no contentos con un coche nuevo de p.m., se dedicaban a gastarse sus primeros sueldos (por lo general esta gente ni terminaban el instituto) en tunearlo de arriba a abajo: que si llantas, que si ruedas de perfil bajísimo y super anchas que para cambiárselas iban a tener que vender un riñón, adiós al maletero en favor de un equipo de audio que hacía vibrar el suelo kilómetros antes de verlo llegar, bye bye al airbag para poner un volante con los hierros a la vista, que si ponerle un tubo de escape doble para que rugiese aquello como el motor de un avión, llenarlo de neones por dentro y por fuera, bajarlo a diez centímetros del pavimento... Resumiendo: joderlo completamente como para que en muchas ocasiones ni la ITV pasase. Vivían y trabajaban única y exclusivamente para el coche. Se lo pulían TODO en el coche y en cubatas. De hecho, muchíiiiiiísima gente en aquella época pasó al otro barrio por culpa de esa combinación. Raro era el fin de semana que no se estampaba alguien.

     Luego se dio la enésima crisis fuerte en el sector lácteo, con fuertes bajadas en el precio de la leche unidas a grandes incrementos de los precios de los carburantes y cereales. Con cada año que pasaba el margen disminuía y disminuía... y seguía disminuyendo. Y con él, la pasta que los abuelos destinaban a los caprichos de los nietos. Tras unos pocos años de relativa calma y estabilidad, empezó La Crisis. La del ladrillo, que se llevó los empleos de aquella gente que dejaba a medias el instituto antes que ningunos otros. Estas dos crisis unidas: la eterna del sector lácteo más la del ladrillo, tuvieron un increíble impacto positivo entre la juventud: cayeron en picado los muertos en carretera. Parece que, al fin, la fiebre del tunning y de la velocidad estaban pasando.

     Aunque a alguna gente a la que le tocó ser jovencita cuando la epidemia estaba en su punto álgido, se le quedó la impronta de aquella forma de "pensar". Entre ellas a una amiga de la época del instituto. Salimos ayer a celebrar el cumpleaños de cinco que cumplen este mes y, hablando de coches, sale el tema de que le dieron un golpe y se dieron a la fuga. Un BMW nuevecito con el lateral todo metido para adentro. 

- ¡Cabrones! Cuatro mil y pico euros que me costó la broma.
- Bueno, mujer, se los habrá costado al seguro.
- ¡De mi bolsillo! Sólo tengo seguro a terceros
- ¿¿¿¿...????

    ¿¿En serio me estás diciendo que tienes pasta para comprarte un BMW de estreno y no tienes para pagarte un seguro medio decente?? ¿Y no sería mejor comprarse un coche más normalito y tenerle un seguro bueno para poder ir tranquila pase lo que pase? Lo que ocurre es que el seguro NO SE VE, y como no se ve no sirve para fardar. Lo que farda es el coche, claro. 

     A ésta nunca le ha dado por el tunning, pero también dejó el instituto a medias para ponerse a trabajar y comprarse un coche que terminó quemando ¡¡¡por ir sin aceite!!!. Luego "sentó cabeza", hizo un ciclo a la vez que trabajaba y de ahí a la universidad. Hoy en día es, con diferencia, a la que mejor le va y quien más gana. También es a la que más le quema el dinero en las manos. Tres coches ha estrenado ya e intuimos que, con el "mantenimiento" que les hace, no falta mucho para el cuarto. 

     La Generación del Tuning... El virus sigue por ahí en estado latente.

Hey, tío! Mira mi máquina. 
Traducción por si no hay koruños en la sala.

3 comentarios:

  1. Si quitamos la referencia al sector lácteo, el artículo aplica perfectamente a mi pueblo. Con un poco de suerte, aprendemos de la que nos ha caido y el "pleistoceno" no se vuelve a repetir en Españistán...

    Aunque visto como sigue el patio, algo me dice que no va a ser el caso.

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  2. Hmmm... ¿Tú crees? Pues fíjate... yo con este tema sí que soy bastante optimista. No porque la mentalidad de los chavalillos de esa edad haya cambiado tanto, sino porque ha cambiado todo lo demás que propiciaba esa situación.

    Antes era pedir coche y... ¡voilá! Toma coche. Uno bueno a gusto del niño. Ahora quieren coche y les compran o heredan uno de segunda mano como les cuadre. Más que nada porque el dinero, al haber poco, va a fines más urgentes/necesarios. Pasan la edad de la tontería con un coche más normalito que no les incita a picarse y medirse y, con la actual situación económica, para cuando han reunido lo necesario para comprarse uno mejor han pasado varios años y las cabecitas están algo mejor amuebladas.

    Hay menos pasta para todo, también para beber. De hecho ayer me sorprendía gratamente lo tranquilo que estaba todo justo por el centro de la movida: ni locos con la música a tope y pegando acelerones, ni chiquillos doblados en la acera vomitando, nadie partiéndose la cara... Cuando yo empezaba a salir, mi pueblo era famoso por ser siempre un foco de problemas. No había ni un fin de semana que no se formase una pelea "multitudinaria" ¡La gente estaba fatal!

    Así que ya ves, la falta de pasta también amansa. ¡No hay mal que por bien no venga!

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    1. Arabella, tiempo al tiempo. Ojalá tengas razón!

      A lo mejor mi pueblo, cuna de la economía sumergida, no es representativo. O a lo mejor el hecho de que yo solo vaya a España 10 veces al año no me da la perspectiva necesaria. Pero lo cierto es que, cada vez que voy, de puertas afuera, el patio sigue siendo el mismo.

      Pero seamos optimistas... igual, con un poco de suerte...

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