miércoles, 16 de octubre de 2013

Cansada hasta para dormir.

          Esta semana hay muchísimo trabajo, así que estamos haciendo jornadas bastante largas y apurando todo el rato. Las horas nos vienen genial, aunque eso sí: acabamos molidos. Y en mi puesto lo que se te cansa, y muuucho, son las manos y antebrazos. Es como cuando hace años estaba aprendiendo a inseminar vacas: mientras no pillas la técnica fuerzas demasiado... busca la matriz, busca los ovarios, trae la matriz hacia arriba, dirige el cuello hacia el catéter... Luego ya aprendes a relajarte y a que la vaca también relaje la musculatura, dejándote hacerlo en tan solo unos segundos. Pero al principio se me cansaban tantísimo las muñecas, que cuando iba conduciendo y dejaba la mano y el antebrazo sobre el muslo, literalmente se "dormían". Y no, no me refiero a esa desagradable sensación de hormigueo. Hablo de que se me quedaban los músculos total y absolutamente laxos; relajados por completo. Era como si realmente durmieran. 

         Pues ayer estaba con el portátil en el regazo y me pasaba lo mismo: notaba cómo se me iban relajando, relajando... hasta dormirse. Descansaban. Lo peor es que me estiré en el sofá y cuando YO iba a dormirme, soñaba que se me caían las cosas de las manos porque no me quedaban fuerzas para sujetarlas e, invariablemente, antes de que las cosas se rompieran, me despertaba. ¡Me despertaba el propio cansancio, que me hacía soñar que no podía sujetar las cosas! Increíble pero cierto. 

          Cuando al fin me dormí un rato, vino el perro a olerme y a darme un toquecito con el hocico, con cara de preocupación/interrogante... En plan: ¿estás bien? Sí, Perro, estoy bien, sigo viva. Eso era lo que quería saber, ahora ya puedo dormir yo también en mi mantita.  Señor... ¡Dame paciencia!

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