viernes, 18 de enero de 2013

Los sueños, sueños son.

           Soy peculiar para los sueños, porque me pasan (a veces) dos cosas curiosas. Una es la seguridad de que al día siguiente voy a recordar lo soñado, y de hecho lo recuerdo. Como digo, es una certeza, no un deseo. Me sucedía sobre todo en la carrera, cuando estudiaba de noche en verano. Me pasaba la tarde y buena parte de la noche totalmente concentrada en la(s) asignatura(s) que estuviese preparando y, al acostarme, me metía en cama no sólo para dormir, sino sobre todo para desconectar y relajarme. Justo antes de dormirme era como si me viniese un fogonazo de información: Arabella, esta noche vas a soñar, a ver qué rallada será.

        Era como si me invitasen al cine, a una sesión sorpresa, con la ventaja de que yo era la prota de la película. Me acostaba predispuesta a ello, a disfrutar de lo que mi cabeza me regalara. Ocio gratuito, jaja.

        Alguna mente calenturienta estará haciendo un apunte mental de que hay otra forma mejor de ocio gratuito en la cama..., pero para eso se necesita compañía, algo de lo que yo no disponía. ¡Qué le vamos a hacer!

       La otra cosa curiosa que a veces me pasa es que soy plenamente consciente de que estoy soñando, aunque tampoco me puedo despertar. De niña dormía con una tía-abuela y, cuando tenía alguna pesadilla, le decía: Despiértame, tía, despiértame! Otras veces quería decirlo, pero sólo podía pensarlo, incapaz de moverme o de articular palabra. Un sueño que se me repetía mucho era que estaba yo sola delante de nuestra antigua casa y se me acercaba sigilosamente un lobo que no sé de dónde salía... Me quedaba parada (no me daba tiempo de escapar) y cerraba los ojos, consciente de que cuando el lobo me "alcanzara" me despertaría... Y es que tiene razón Amenábar: la forma infalible de despertarse de un sueño es la muerte inminente... ABRE LOS OJOS

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